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lunes, 23 de marzo de 2015
martes, 17 de marzo de 2015
Mi credo pedagógico
MI CREDO PEDAGÓGICO. John Dewey
Artículo 1º: Lo que es la
educación.
-
El ser humano desde el nacimiento tiene
una educación inconsciente, que se va transformando en educación más formal a
través de diferentes recursos.
- Dewey considera la educación como estímulos
del niño en función de sus necesidades en un momento determinado. De este modo,
esta primera estimulación conforma la pertenencia a un grupo social
(socialización).
-
El proceso educativo tiene dos
aspectos; el psicológico y el social. Sin conocimiento de estructuras
psicológicas y de las actividades del individuo, el proceso educativo será
arbitrario.
-
El niño tiene sus propios instintos
pero no sabe lo que significan hasta que seamos capaces de traducírselos en sus
equivalentes sociales.
-
Los aspectos psicológicos y sociales
están relacionados.
-
La educación desde el ámbito social se
define como la adaptación a la civilización.
-
Para saber cuál es la capacidad de un
niño es necesario saber cuál es su función, uso y finalidad.
-
Es imposible preparar al niño en una
determinada condición.
-
Por todo esto, es importante que exista
una relación entre la psicología y la educación.
-
La educación hace que el individuo se
convierta en ser social.
Artículo 2º: Lo que es la escuela.
-
La escuela es una institución social,
que se encarga de socializar a los niños.
-
La escuela debe ser la vida misma, por
eso se han de trabajar los contenidos de la vida real.
-
La escuela debe aportar al niño la
experiencia suficiente para poder desenvolverse en la vida cotidiana partiendo
de los aprendizajes que traía de la vida doméstica.
-
La función de la escuela es profundizar
y ampliar el sentido de la valores en su vida de hogar.
-
El fracaso de la educación actual es
debido a que no aporta aprendizajes significativos.
-
La escuela debe ser el lugar de
experimentación social del alumno.
-
El maestro más que imponer las ideas,
hará de guía en el aprendizaje de los niños.
-
Todos los niños deberían ser evaluados
de la misma manera.
-
Los exámenes solo son válidos en la
medida en que comprueban la adquisición de alguna competencia social.
Artículo 3º: Las materias de
enseñanza.
-
La vida social es la base del
desarrollo educativo del niño puesto que gracias a ella se adquiere el concepto
del esfuerzo y su pleno desarrollo global.
-
El centro de correlación de las
materias escolares son las propias actividades de los niños (actividades
expresivas).
-
La literatura se considera la expresión
refleja y la interpretación de la experiencia social siendo el sumario de la
unificación de ambas.
-
Para que la historia tenga sentido
tiene que estar relacionada con la vida social en plenitud.
-
A partir de las capacidades del niño se
construye la base primaria de la educación.
-
Las actividades expresivas o
constructivas (cocina, costura, trabajos manuales...) son el verdadero centro
de la actividad social y deberían servir como medio para el desarrollo del
estudio de materias más formales. Afirma la necesidad de incluirlas en el
programa educativo.
-
El carácter objetivo a la hora de
enseñar ciencias no guarda relación con la experiencia previa del niño por lo
que puede añadirla a la experiencia que ya tenía.
-
El estudio de la literatura y el
lenguaje ha perdido valor al eliminar el elemento social y delimitarse solo a
la expresión del pensamiento.
-
La educación debería basarse en la
experiencia del que aprende y su progreso debe estar determinado por las
actitudes e intereses que surcan en el individuo.
-
La finalidad de la educación no debe
basarse simplemente en la consecución de unos objetivos o un determinado nivel,
sino en dar un sentido a lo aprendido, sino en dar un sentido a lo aprendido
vivencialmente.
Artículo 4º: La naturaleza del método.
-
John
Dewey señala unas afirmaciones de gran importancia que deben aplicarse a la
educación.
-
El
aspecto activo precede al pasivo en el desarrollo del niño.
-
La
conciencia es motora e impulsiva y se proyecta en acciones. Este principio no
se puede olvidar porque coloca al niño en una actitud pasiva, receptiva o
absorbente y el resultado de ello son las pérdidas y razonamientos.
-
Las
ideas son el resultado de la acción que la controla.
-
La
razón es la acción ordenada o efectiva.
-
Hay
que presentar al niño símbolos arbitrarios que son necesarios para su
desarrollo mental pero empleados como instrumentos para ahorrar refuerzos.
-
La
imagen como enseñanza. A través de éstas, los niños adquieren los conceptos.
-
Dejar
al niño aplicar su capacidad de imaginar y así formando sus imágenes y lo pone
en contacto con su experiencia.
-
La
observación de los intereses de los niños por parte es de gran importancia.
-
Los
intereses son síntomas en la capacidad de crecimiento. No se fomenta, los niños
lo tienen de forma espontánea.
-
Las
emociones son el reflejo de las acciones.
-
Si
formamos hábitos concretos de acción y pensamiento, las emociones se cuidarán.
-
Las
emociones tienen que estar ligadas a las actividades cotidianas.
Artículo 5º: La escuela y el
progreso social.
-
La educación es el método fundamental
del progreso y de las reformas sociales.
-
La
educación contribuye a la conciencia social
-
Necesidad de dotar al educador de los
medios adecuados a realizar su labor.
-
El educador tiene la misión no de
educar a los individuos sino de formar la verdadera vida social.
-
En la escuela tenemos la reconciliación
de los ideales individuales y colectivos porque reconocen la formación del
carácter de cada uno y colectivo porque ese carácter tiene que ser formado por
la influencia de la vida social.
-
A través de la educación y la sociedad
puede formarse con precisión y economía en la dirección que desee moverse
(organización de la educación)
-
Cada maestro debe comprender su
profesión y asegurar el desarrollo social (valor ético de la educación)
-
La importancia de las ciencias
(psicología y ciencia social en la labor educativa)
lunes, 9 de marzo de 2015
jueves, 26 de febrero de 2015
El Padre Feijoo (Como tarea que me ha tocado a representar en mi grupo de trabajo)
El Padre Feijoo: Tendencias de la Educación.
(Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro; Casdemiro, 1676 - Oviedo, 1764)
Erudito español. Fue uno de los espíritus más universales de su tiempo, exponente del racionalismo ilustrado. Ingresó en la orden benedictina en San Julián de Samos (1688) y se doctoró en el convento de San Vicente de Oviedo, del que fue abad (1721-1729) El padre Feijoo, educador en todos los sentidos dedicando gran parte a la enseñanza en la Universidad de Oviedo. Tendió a educar al pueblo y formulo criticas positivas para que el pueblo abandonara esa mediocridad y esa enseñanza tradicionalista de la época. Ocupa un lugar importantísimo en la puesta en marcha del proceso que desembocará en las reformas de la universidad en el reinado de Carlos III.
En su obra refleja los aspectos negativos de la universidad tradicional, que es quizá en la parte que más se ha insistido al exponer su pensamiento. Aquí nos interesa examinar las ideas sobre las que, según él, debe construirse la nueva Universidad, que se intentarán llevar a cabo cuando suene la hora de las reformas. Su pensamiento ha sido muy controvertido y diversamente valorado, caracterizándose, en general, los juicios que se han hecho sobre él, de cierta falta de ecuanimidad en un sentido o en otro. Su labor, desde el punto de vista que aquí consideramos, la puesta en marcha de la reforma universitaria, puede considerarse como decisiva en favor de ella.
Sobre las reformas que debían establecerse en la universidad española fueron los siguientes:
1) Introducción de un nuevo método de estudio que significara la abolición del método de estudiar por "dictados" y su sustitución por unos libros de texto para cada asignatura. Varios beneficios consideraba el fraile benedictino que se sacarían de esta reforma: se ahorraría mucho tiempo, no teniendo que copiar tantas cosas, se podrían explicar más temas y con más extensión y se lograría enseñar una mejor doctrina científica, o incluso la mejor, pues, como es natural, se buscaría como texto el del autor más competente en la materia. Para mayor inutilidad del método de impartir las clases, critica que el método de aprendizaje sea únicamente la memorización de textos en vez del análisis y comprensión de los mismos, con lo que no se consigue sino aumentar la pérdida de tiempo.
2) Concepto clasista y restringido de la Universidad. Para él era un gran mal que llegaran a los estudios superiores tanta gente que no reunía las condiciones necesarias para ello, como estaba ocurriendo; harían mucho mejor dedicándose a la agricultura o a la industria. Para lograr la reducción del alumnado universitario proponía una medida drástica, consecuencia de la necesaria centralización de la universidad en el Estado, que también exponía Feijoo, el cual todos los años tendría por misión hacer una criba entre todos aquellos que se presentaran a matricularse en la Universidad, no admitiendo a los zotes.
3) Introducción en la universidad de todos aquellos estudios que hasta ese momento permanecían fuera de ella: Física, Astronomía, Botánica, Historia Natural, pues eran los libros sobre estas ciencias los que se debían leer, y atacaba con redoblada energía a aquellos que le habían reprochado que él no se hubiera dedicado a escribir de Teología.
4) La reforma de la enseñanza va íntimamente unida a la intervención del Estado en esta cuestión, intervención que ve necesaria, más que como consecuencia de un planteamiento ideológico, como el instrumento insustituible que hiciera posible las reformas, ya que, ante la resistencia que prevé, el poder del Estado aparece como el único capaz de vencerla. Todas estas ideas aparecerán en los escritores posteriores inmediatos a la reforma, y por resultar mucho menos sospechoso que cualquier otro autor, ante posibles ataques de los ultramontanos, las universidades le citarán en sus Planes como el inspirador principal de algunas de las innovaciones que proponen, cuando se llevan a cabo las reformas de los años 1770 y siguientes.
(Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro; Casdemiro, 1676 - Oviedo, 1764)
Erudito español. Fue uno de los espíritus más universales de su tiempo, exponente del racionalismo ilustrado. Ingresó en la orden benedictina en San Julián de Samos (1688) y se doctoró en el convento de San Vicente de Oviedo, del que fue abad (1721-1729) El padre Feijoo, educador en todos los sentidos dedicando gran parte a la enseñanza en la Universidad de Oviedo. Tendió a educar al pueblo y formulo criticas positivas para que el pueblo abandonara esa mediocridad y esa enseñanza tradicionalista de la época. Ocupa un lugar importantísimo en la puesta en marcha del proceso que desembocará en las reformas de la universidad en el reinado de Carlos III.
En su obra refleja los aspectos negativos de la universidad tradicional, que es quizá en la parte que más se ha insistido al exponer su pensamiento. Aquí nos interesa examinar las ideas sobre las que, según él, debe construirse la nueva Universidad, que se intentarán llevar a cabo cuando suene la hora de las reformas. Su pensamiento ha sido muy controvertido y diversamente valorado, caracterizándose, en general, los juicios que se han hecho sobre él, de cierta falta de ecuanimidad en un sentido o en otro. Su labor, desde el punto de vista que aquí consideramos, la puesta en marcha de la reforma universitaria, puede considerarse como decisiva en favor de ella.
Sobre las reformas que debían establecerse en la universidad española fueron los siguientes:
1) Introducción de un nuevo método de estudio que significara la abolición del método de estudiar por "dictados" y su sustitución por unos libros de texto para cada asignatura. Varios beneficios consideraba el fraile benedictino que se sacarían de esta reforma: se ahorraría mucho tiempo, no teniendo que copiar tantas cosas, se podrían explicar más temas y con más extensión y se lograría enseñar una mejor doctrina científica, o incluso la mejor, pues, como es natural, se buscaría como texto el del autor más competente en la materia. Para mayor inutilidad del método de impartir las clases, critica que el método de aprendizaje sea únicamente la memorización de textos en vez del análisis y comprensión de los mismos, con lo que no se consigue sino aumentar la pérdida de tiempo.
2) Concepto clasista y restringido de la Universidad. Para él era un gran mal que llegaran a los estudios superiores tanta gente que no reunía las condiciones necesarias para ello, como estaba ocurriendo; harían mucho mejor dedicándose a la agricultura o a la industria. Para lograr la reducción del alumnado universitario proponía una medida drástica, consecuencia de la necesaria centralización de la universidad en el Estado, que también exponía Feijoo, el cual todos los años tendría por misión hacer una criba entre todos aquellos que se presentaran a matricularse en la Universidad, no admitiendo a los zotes.
3) Introducción en la universidad de todos aquellos estudios que hasta ese momento permanecían fuera de ella: Física, Astronomía, Botánica, Historia Natural, pues eran los libros sobre estas ciencias los que se debían leer, y atacaba con redoblada energía a aquellos que le habían reprochado que él no se hubiera dedicado a escribir de Teología.
4) La reforma de la enseñanza va íntimamente unida a la intervención del Estado en esta cuestión, intervención que ve necesaria, más que como consecuencia de un planteamiento ideológico, como el instrumento insustituible que hiciera posible las reformas, ya que, ante la resistencia que prevé, el poder del Estado aparece como el único capaz de vencerla. Todas estas ideas aparecerán en los escritores posteriores inmediatos a la reforma, y por resultar mucho menos sospechoso que cualquier otro autor, ante posibles ataques de los ultramontanos, las universidades le citarán en sus Planes como el inspirador principal de algunas de las innovaciones que proponen, cuando se llevan a cabo las reformas de los años 1770 y siguientes.
viernes, 20 de febrero de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
La Revolución Gloriosa desde el punto de vista educativo
Sólo hay una revolución de las muchas que ha habido en la historia que lleve apropiadamente el NOMBRE de gloriosa. No podía llevarlo la Revolución Francesa, que desembocó en el terror, primero, y en el episodio napoleónico, después. Ni tampoco la revolución soviética, cristalizada en uno de los sistemas totalitarios más represivos de la historia (y que es, por eso, un colosal fracaso colectivo). Menos aún podían ostentarlo otras revoluciones, carentes todas ellas de la significación y trascendencia de las dos citadas. Sólo una revolución podía llevar ese título: la revolución inglesa de 1688. Veamos por qué.Primero y ante todo, por aquello que señaló en su día Trevelyan: porque "el espíritu de esta extraña revolución era opuesto a todo intento revolucionario". Y, en efecto, la revolución de 1688 fue, en primer lugar, una revolución incruenta y no represiva; segundo, fue fruto del entendimiento y la colaboración entre las distintas fuerzas políticas británicas, y no imposición unilateral de una minoría revolucionaria. Fue, en tercer lugar, una revolución desideologizada y no doctrinal, carente, pues, de todo sectarismo; finalmente., fue una revolución que no aspiró a destruir el orden social y jurídico establecido, sino, paradójicamente, a preservarlo y a reformarlo positivamente. Pero fue, dejémoslo claro, una verdadera revolución: en seguida lo veremos. Baste indicar que, como vemos, en principio, una revolución, para ser gloriosa, debe reunir esto: que la muevan impulsos como la mesura, el consenso, el pragmatismo, la prudencia y la ecuanimidad.
Pero hay más. La revolución de 1688 fue una rebelión del pueblo y sus dirigentes contra el rey. Se produjo cuando éste, Jacobo II, quiso modificar, violentándolo, el orden tradicional de gobierno del país e imponer sobre la Iglesia anglicana, sobre el Parlamento, sobre los jueces y sobre el Ejército la autoridad real y una religión no nacional (la católica). Se desencadenó cuando los líderes del Parlamento y de la Iglesia de Inglaterra apelaron a un príncipe extranjero -el holandés Guillermo de Orange para restaurar el orden tradicional. Se decidió cuando Jacobo, abandonado de sus tropas y de los pocos notables que le habían apoyado, huyó del país. Concluyó cuando, después, el Parlamento ofreció la corona a Guillermo y a su mujer, la princesa María, hija del propio Jacobo II. La revolución fue ciertamente extraña: la provocó la absurda obstinación del rey; la lideraron elementos verdaderamente conservadores; la ganaron, sin apenas lucha, fuerzas extranjeras.
Las consecuencias fueron eminentes. La revolución concedió la libertad religiosa (aunque no la completa igualdad política: la minoría católica, y por tanto Irlanda, quedó privada de ciertos derechos). Reforzó la independencia judicial. Purificó la ADMINISTRACIÓN de justicia. Abolió prácticamente los delitos de naturaleza política, garantía esencial de la libertad. Estableció un nuevo equilibrio de poder entre el rey y el Parlamento. Sometió a la autoridad de éste la fijación anual de los gastos militares y la aprobación de los impuestos: hizo de la Cámara de los Comunes la primera institución del Estado. Abolió la censura y estableció la libertad de imprenta -esto es, de expresión-, medida capital que Macaulay, el gran historiador liberal, juzgó, con razón, como la más decisiva de las reformas revolucionarias.
La revolución de 1688 dio a Inglaterra un sistema de libertades jurídicamente regulado. No le dio una constitución escrita. Pero le dio algo tan importante como eso: un Estado de derecho y un régimen parlamentario (no es casual que el edificio señero de Londres sea el Parlamento). Desterró de la vida pública la intolerancia política y religiosa. Desplazó el poder en beneficio de los representantes del pueblo. Negó el poder absoluto de los reyes. Estableció el principio de que el consentimiento de los súbditos es pieza irrenunciable de todo ORDENAMIENTO político justo, principios que Locke fundamentó luego, en 1690, en su Dos tratados de gobierno, esa obra capital de la teoría democrática.
Con todo, la revolución se encarnó, como es usual, en una personalidad singular, Guillermo de ORANGE, que, por lo dicho, se nos antoja personaje de muchos más quilates históricos que otros líderes revolucionarios (un Robespierre, un Lenin). Recordemos el magistral retrato que de él trazó Macaulay, aunque solo sea por si hubiera en algún rincón alguien que ambicione hacerse una biegrafía revolucionaria. Recordemos que, en 1688, Guillermo tenía 37 años, aun que, según Macaulay, producía la impresión de no haber sido nunca joven. Tenía un cuerpo delgado y frágil; la frente, alta y amplia; la nariz, larga y curvilínea. Su mirada era intensa, el gesto algo hosco, su tez pálida y enfermiza, la expresión a la vez firme, displicente, pensativa. Huérfano desde muy niño, fue desde adolescente prudente y reservado, excepcionalmente tranquilo y cauteloso.
Mostró muy poco interés por las letras o las ciencias. El teatro le aburría: su afición era la caza. Sus maneras eran más bien bruscas y rudas. Entendía español, Italiano y latín; hablaba y escribía, aunque con torpeza, frances, INGLÉS y alemán. Era calvinista, creía en la predestinación, tenía horror a las persecuciones religiosas y un fuerte sentido moral de las cosas.
La vida pública absorbió por entero su vida desde que cumplió 21 años. La suya fue una inteligencia lógica y práctica volcada a aquélla: a la diplomacia, a la política, a la guerra. Su valor físico y su imperturbabilidad ante el peligro eran memorables. No era, sin embargo, un temerario: su valor era frío y calculado. Su capacidad de autocontrol era excepcional. Rara vez perdía la serenidad o la compostura; sólo muy ocasionalmente se dejó llevar de la ira, de la emoción o del afecto. En público era reservado, distante, hierático, incluso glacial, pero era amable y cordial en privado. Amigo auténtico sólo tuvo uno, y le quiso entrañablemente. Casado a los 28 años con una mujer discreta e inteligente, no tuvo hijos, pero sí alguna amante. Su SALUD fue riempre frágil: padeció la viruela, respiraba con dificultad, dormía mal, tosía continuamente, sufría frecuentes y agudos dolores de cabeza. Vivió poco: murió con 52 años.
Añadamos algo a ese retrato. A Guillermo Inglaterra le preocupó poco. Su preocupación era Europa, una Europa LIBRE que para él equivalía a libertades protestantes: eso, en 1688, quería decir frenar el expansionismo de Luis XIV. Por eso fue a Inglaterra: para incorporarla a una gran alianza contra Francia. El restiltado fue, tal vez, inesperado: la revolución antes descrita, la revolución gloriosa.
La revolución INGLESA la hizo, así, como acabamos de ver, un príncipe holandés escasamente revolucionario. Por eso fue tan sensata, tan útil, tan fructífera. Y es que, digámoslo sin tapujos: la revolución no es otra cosa que el triunfo de la moderación. Lo demás son tumultos.
http://elpais.com/diario/1988/09/30/opinion/591577210_850215.html
Se debe destacar que esta revolucion supuso un gran avance en todos los ambitos que conciernen a un pais como la politica, la sociedad, la economia, educacion...y en este apartado quiero señalar que al reconocerse muchos derechos y libertades para la ciudadania, esto pudo ser una puesta en marcha hacia la democracia y asi la toma de conciencia de una toma de valores propios en la nacion en este caso Inglaterra para educar a sus generaciones. Un punto de inflexion para la enseñanza y la concepcion del ser humano vista desde aquella revolucion que entre otras cosas, fue pacifica y como su nombre indica, gloriosa.
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